Linchamientos o soluciones

17. 04. 26

Calificación del usuario: 0  / 5

Estrellas inactivasEstrellas inactivasEstrellas inactivasEstrellas inactivasEstrellas inactivas
 
Por: Carlos Basombrio

No estamos hablando del gran crimen organizado: del narcotráfico, del contrabando, de asaltos a bancos, de terrorismo; ni siquiera de los homicidios. En lo que está pensando la gente de la calle es en cuatro cosas muy concretas: los robos a las casas, los robos a las personas, las agresiones de pandilleros y en situaciones que no son exactamente delincuencia, pero en torno de las cuales se genera delincuencia, como prostitución, alcoholismo, drogadicción, discotecas, etcétera.

La seguridad ciudadana definida en estos términos es un problema bien complicado de enfrentar, por varias razones. En primer lugar, porque no es un problema que tenemos los peruanos y no tienen otros. El problema de la inseguridad ciudadana es una característica de todas las sociedades modernas en las que se ha producido un proceso de urbanización importante, trátese de países ricos o de países pobres. Todas las ciudades medianas o grandes de América Latina enfrentan un problema parecido al que nosotros afrontamos.

Es decir, no somos los piñas del barrio a los que nos tocó este problema, ni tampoco podemos importar las recetas mágicas que vacunaron a otros en la vecindad, simplemente porque no las tienen. Es más: el Perú, y aunque esto les parezca increíble a muchos, no es todavía de los países latinoamericanos que tienen los problemas más complicados a este respecto. La situación es mucho más difícil, por ejemplo, en el Brasil, la Argentina, Colombia, Venezuela, El Salvador, Guatemala, por mencionar solo algunos. Con esto no se quiere decir que estemos en el paraíso, ni mucho menos, sino que, basados en lo que vemos a nuestro alrededor, hay que darse cuenta de que si nos descuidamos las cosas pueden empeorar, y mucho. En segundo lugar, el problema de la inseguridad ciudadana es complicado porque afecta potencialmente

a todos; es decir, al rico y al pobre, al que vive en un barrio apartado o en una zona central. El terrorismo era un problema grave, pero muchísima gente sabía que, por muchas razones, nunca la iba a tocar directamente. En cambio, ¿quién puede decir que está libre de un problema de robo? Por eso simbólicamente, cada vez que secuestran o que roban a una persona, en nuestra percepción y en nuestro ánimo nos están robando a nosotros.

El tercer elemento que hace de este un problema complicado es el miedo. El miedo paraliza. El miedo hace que no razonemos y nos dejemos manipular. Como estamos asustados, queremos una solución en el momento, y este problema no se puede solucionar de inmediato. Por ello se presta mucho a la manipulación de los políticos. La mayoría de ellos dicen todas las tonterías que pueden juntas sobre el tema, sin conocer absolutamente nada, porque saben que eso sintoniza con “lo que quiere la gente” y les puede dar popularidad.

Falsas soluciones, mentiras o mitos

El primer mito que todos repetimos, todos los días, es que el problema crece sin control. “Cada día estamos peor.” Sin embargo, no hay ninguna estadística en el Perú que indique eso. Es más: no hay ninguna estadística seria en el Perú sobre la delincuencia.

Estamos a ciegas. ¿Hay más robos en este año que en el anterior? No tengo la más remota idea. Y he revisado todas las estadísticas habidas y por haber. No se sabe. Se ha dicho, por ejemplo, que este año ha habido 1.659 linchamientos. ¿1.659? ¿Dónde? De repente han sido 17 mil o de repente han sido 40. Alguien presionado por las circunstancias inventó una cifra y ahora todo el mundo la repite. No digo que no haya habido muchos linchamientos; de repente ha habido más de lo que dicen esas cifras, pero no hay nadie que tenga una estadística seria y que pueda decir cuántos han ocurrido. Lo que sí es verdad, y eso es muy importante, es que la gente sí piensa que estamos empeorando. Si preguntan: “¿Cree que la delincuencia en el Perú está aumentado, está disminuyendo sigue igual?”, el 70 por ciento u 80 por ciento de la gente va a decir “está aumentando”. Me inclino a pensar que en realidad lo que ocurre es que el problema tiene un nivel más o menos estable en el tiempo, pero como continúa y no se soluciona, sentimos que empeora. Eso, en sí mismo, es muy importante, porque lo que creemos que ocurre es tan importante o más que lo que realmente ocurre.

El segundo mito que todos repiten sin el menor esfuerzo por informarse es que el problema radica en que en el Perú las leyes son muy blandas; que los ladrones son soltados inmediatamente después de llegar a la comisaría porque roban menos de 2 mil soles; que, entonces, se está castigando a los pobres por ser pobres. Este sonsonete lo repiten todos los políticos, los policías, los alcaldes, los periodistas y la gente en general.

Esto es absolutamente falso. El robo y su sanción no dependen del monto, y las penas son muy severas. Puede haber mejoras en las leyes para afrontar la delincuencia, sin duda, pero el problema no es esencialmente uno de leyes, sino de funcionamiento del sistema penal. Una tercera falsa solución: hay que meterlos a todos a la cárcel, no importa lo que roben. ¿A dónde? ¿A qué cárceles? ¿Con qué rehabilitación? Los metemos a todos a estas cárceles y en cinco años tenemos, ya no delincuentes de chaveta, sino de ametralladora; ya no delincuentes de banda de a tres, sino de a veinte.

Cuarto mito: la Fuerzas Armadas entran y solucionan el problema. ¿Con aviones de guerra vamos a bombardear a los pandilleros? ¿Con fragatas vamos a hundir a los ladrones? ¿Con tanques vamos a impedir que los chicos se droguen? El tipo de armamento, entrenamiento y visión de la seguridad de las Fuerzas Armadas está concebido para pelear con enemigos externos. Y si el tema es que en las Fuerzas Armadas sobraran recursos o personal (que tampoco creo que sea así), entonces habría que dárselos a la Policía.

Por último, otro de los mitos que hay, sobre todo en Lima, es que si se municipaliza a la Policía esto ayudaría mucho a enfrentar mejor el problema. Tampoco es cierto. Esto traería muchos más problemas de los que se solucionarían. Para empezar, sería un servicio más injusto y acentuaría la desigualdad de dependiendo del nivel económico del barrio. Los que vivimos en las zonas más acomodadas tendremos un servicio A-1, y los que viven en las zonas más pobres casi no lo tendrían. Pese a los problemas que tiene, la Policía, por ser una institución nacional, puede balancear la asignación de recursos para la seguridad.

¿Qué hacer, entonces?

Hay cosas que se pueden hacer y que son razonablemente eficaces. En primer lugar, hay que tener un buen diagnóstico y entender el problema. Dejar atrás lo más emocional, lo más primitivo, lo más intuitivo; el linchamiento, por decirlo de alguna manera.

Un segundo tema es que el Estado debe tener una política pública, y esta tiene que ser fruto de una discusión nacional; tiene que haber coherencia entre el Congreso y el Ejecutivo; tiene que haber estrategias de largo y mediano plazo; tiene que haber asignación de recursos acorde con la prioridad que se le quiera dar. Tiene que haber una política pública, y como ciudadanos es necesario que tengamos capacidad de fiscalización de estas políticas públicas. Y no estamos en cero: desde el Ministerio del Interior avanzamos mucho al respecto, y esos avances podrían ser retomados.

En tercer lugar, se debe continuar y profundizar la reforma de la Policía Nacional, hoy abandonada a su suerte. La Policía no es la única institución importante para enfrentar el problema, pero es sin duda clave. Si no es eficiente, cercana a la población, profesional y honesta, todo lo demás se cae. En cuarto lugar, hay que redefinir las prioridades internas en la Policía. Por muchas razones, la Policía ha tenido como última prioridad la seguridad ciudadana.

Con una aguda escasez de efectivos y dado lo imperioso de las amenazas o el impacto  político inmediato de los acontecimientos, sus prioridades han estado vinculadas a otros temas; antes al terrorismo y hoy al mantenimiento del orden público. Cada vez que hay una marcha grande en Lima, por más pacífica que sea; cada vez que hay un evento importante, desde un partido de fútbol hasta una cumbre de presidentes, se destacan policías de todas las unidades, incluidas, por supuesto, las comisarías. En los momentos en que las cosas están complicadas (o sea, casi todas las semanas), las comisarías están prácticamente desguarnecidas.

Un cuarto elemento: hay que apoyarse en la población. La Policía es en términos de números absolutamente deficitaria para atender las necesidades de la población. Se ha dicho hasta el cansancio que si en el año 1989, hace quince años, había 125 mil policías, ahora hay 92 mil; para solo estar como en 1989, necesitaríamos por lo menos unos 60 mil policías más.

Así, si no hay una participación efectiva y organizada de la población en las tareas de seguridad, no habrá solución posible. Ninguno de los grandes problemas nacionales, que nos han afectado en las últimas décadas de manera severa, ha podido ser solucionado sin esta.

En la lucha contra el hambre y la desnutrición, han sido fundamentales los comedores populares, los clubes de madres y los comités del vaso de leche. En la lucha contra el cólera, la alianza de la población con políticas de salud pública fue tan eficiente en el Perú que se logró erradicar la enfermedad. Igual en la lucha contra el terrorismo, a través de los comités de autodefensa o contra el abigeato con las rondas campesinas de Cajamarca y Piura. De nuevo, y una vez más, la única posibilidad de una estrategia razonablemente exitosa frente a un nuevo flagelo, esta vez la delincuencia local, es con la participación en alianza con autoridades que comprendan la naturaleza del problema. 

En quinto lugar, hay que entender que el problema del que estamos hablando ocurre, se explica y hay que enfrentarlo en el ámbito de lo local. Si nos pensamos como país en su conjunto, quizá no exista “la” solución a la inseguridad ciudadana; pero sí hay posibilidad de ir avanzando localidad por localidad para tener barrios razonablemente seguros. Hay ciudades donde el barrio “x” está bien organizado y logra controlar el problema de la seguridad razonablemente, pero en el barrio del costado nada de eso ocurre y es un desastre. Hay que tener cada vez más de los primeros y menos de los segundos.

En sexto lugar, entender que la prevención es fundamental. Esta tiene varios niveles, desde la identificación de las zonas críticas y su vigilancia, pasando por la identificación de los factores críticos, hasta la identificación de las poblaciones en riesgo. Todo lo anterior se ubica a un nivel más bien policial. Pero hay también una gran tarea para la prevención social. Estamos ante un problema que tiene mucho de naturaleza social; es decir, falta de acceso al trabajo, carencia de oportunidades para los jóvenes, malos servicios urbanos, etcétera, y todo ello hay que enfrentarlo con una estrategia de seguridad ciudadana.

Con esto no se quiere decir que los delincuentes no tengan que ser sancionados, porque son pobres o porque no tienen trabajo: obviamente, quien incurre en un delito tiene que ser sancionado, pero en el aspecto preventivo se puede hacer mucho para generar condiciones que desalienten la delincuencia.

Y, por último, no existe ninguna posibilidad de luchar efectivamente contra la delincuencia si no se acaba con el problema de la impunidad. La inmensa mayoría de los delitos que se cometen quedan impunes, no porque no haya leyes suficientes, sino porque el sistema penal no funciona. Se requiere una profunda reforma del sistema penal. Hemos tocado ya el tema de la reforma de la Policía, pero esta no puede venir sola: hay que reformar simultáneamente al Ministerio Público, el Poder Judicial, el sistema penitenciario, y todas estas reformas deben ir juntas, dialogar y retroalimentarse. Ahora está de nuevo en boga el “me das más plata y funciono bien”. Eso no es verdad. Nos podemos gastar todo el Presupuesto de la República en la Policía, en el Poder Judicial, en el Ministerio Público, pero si no hay una profunda reforma es tirar la plata al río o a los bolsillos de los bribones de siempre. 

Ir arriba